Desde que empecé a planear este viajazo, Corcovado fue un sí rotundo desde el primer momento. Quería ver la Costa Rica más extrema y real. Costase lo que costase. Sabía que sería un lío importante de transportes (se trata de una zona muy remota), un nuevo roto en el presupuesto, pero sobre todo sabía que sería la GRAN AVENTURA en este país. Esperaba no equivocarme.
Yo planeo los viajes. Cuando viajo sola, nunca hay un solo problema. Pero en aquel momento viajaba con mi por entonces pareja. Le avisé desde el principio del gran potencial del lugar, de que, por muy bien planeado que estuviera, podrían surgir contratiempos (clima, pérdida de maletas, mala suerte en los avistamientos de animales, etc.) y le pareció bien. Mi único requisito a cambio de organizar hasta el más pequeño detalle de un viaje tan largo es: No se le ponen pegas. Si algo sale como no estaba planeado, si surgen problemillas por el camino, se buscan soluciones y no culpables. Nada de reproches a la organizadora, que se ha pegado un currazo para que casi todo vaya sobre ruedas. Sí, no me avergüenzo de tirarme flores a mí misma.
Descanso y logística en Alajuela
Como sabéis si habéis leído el último post, dejamos el Tortuguero y llegamos bastante pronto a la localidad de Alajuela, para evitar el barullo de la capital. No nos habían hablado muy bien de San José y preferimos quedarnos en un lugar más tranquilo y seguro.
Nos hospedamos dos noches por 30 euros por noche en habitación doble con baño privado y ventilador en el sencillo Hotel Cortez Azul (Avenida5, calles 2 y 4, Alajuela). Tienen zonas comunes, el desayuno está incluido y su recepción está abierta 24/7. Eso sí, solo aceptan pagos en efectivo. Por si queréis contactar con ellos directamente os dejo su número de teléfono: 50624436145. Aunque, por lo que veo, también podéis reservar una estancia con ellos a través de booking.com.
Nuestro plan inicial era dedicar un día a visitar el cercano volcán Poas, pero, casualidades de la vida, justo unos días antes entró en erupción y había un radio de seguridad al que no se podía acceder. Había emisiones de gases tóxicos y podría haber resultado peligroso, así cambio de planes.
Tampoco nos venía mal tomarnos un par de días de descanso, así que enseguida le vimos el lado bueno al cambio de planes.
Aprovechamos a dormir lo que nos pidiera el cuerpo, comer bien en los restaurantes cercanos a nuestro alojamiento (el gallo pinto, desayuno típico tico) no nos falló ni un solo día. Fuimos de compras. Encontramos algunas cosas que podrían venirnos bien en Corcovado (sandalias de goma para dentro y fuera del agua), repelente de mosquitos locales (el que llevábamos desde España les daba risa, yo creo).
A mi compañero de viaje ya le hacía falta un buen corte pelo, parecía un náufrago. Localizamos un local de peluquería y esteticien y no lo dudamos. Me pusieron una silla para que esperara, pero enseguida me liaron para que me hiciera una manicura. ¡Una manicura en pleno viaje! Me parece una locura. No soy yo muy de estas pijadas. No sobrevivirá ni dos telediarios, pero bueno, era muy barata y así la espera se me hará más amena. Me hice algo discretito en tonos naturales y con alguna decoración floral en negro. Quedó muy bonito y justo terminaron con el pelo de él. ¡Perfecto!
Pasamos por un centro comercial y compramos algunas cosas útiles para los próximos destinos (incluidas algunas medicinas, antimosquitos, crema del sol…), hicimos una colada (que ya iba haciendo falta), dimos una vuelta y volvimos al hotel. Teníamos que terminar de preparar las maletas y queríamos tomarnos las cosas con calma.
De hecho, de tanta calma, tuve hasta tiempo de aprender a resolver el cubo de Rubik (lo compré en Cartagena de Indias unos dos meses antes). Tenía esa espinita clavada desde que era pequeña, no sé si 5 o 6 años, cuando mi padre me regaló uno y me dijo que lo resolviera. Sin instrucciones, sin ayuda… En aquella época se hizo famoso el cacharro. Se decía que solo un genio era capaz de resolverlo. Yo probé y probé y viendo el escaso éxito logrado (conseguía poner una cara entera de un color y luego lo destruía), me frustré. Arranqué las pegatinas con vapor de agua y las pegué en el orden correcto y ¡listo! No sería un genio, pero capacidad de resolución de problemas sí que tenía, de eso no hay duda. Hoy en día un buen tutorial de Youtube hace milagros. Que conste que es la primera vez en mi vida que lo resolví. Hoy en día lo haría mucho más rápido.
A Bahía Drake en avioneta
Al día siguiente, el 22 de diciembre de 2017, a las 10:00, como habíamos acordado con el hotel vino un coche a buscarnos para llevarnos al aeropuerto por algo menos de 6 euros.
Volábamos con la aerolínea Nature Air (por lo visto, cesaron sus operaciones en 2018, poco después de este viaje) y ya en el aeropuerto, como la avioneta era pequeña, nos pesaron con mochila incluida. Había un límite de peso bastante justito para todo lo que llevábamos nosotros (viajando tantos meses es difícil aligerar el equipaje). Habíamos repartido entre las diferentes mochilas de la mejor manera posible, pero siempre queda la duda. Hasta que no nos dieron el ok con una enorme sonrisa de oreja a oreja, no nos quedamos del todo tranquilos.
Por si a alguien le puede servir, permitían un equipaje grande de máximo 18 kg y una mochila pequeña de mano de ni más de 4.5kg. Estuve mirando otras compañías y eran similares, al igual que sus precios (dependiendo del trayecto, pero para un trayecto San José-Drake, de solo ida, contad con unos 150 USD por persona (precios de 2017).
El vuelo no llegó a la hora de trayecto, pero a mí, estas avionetas pequeñitas me tienen traumatizada. Sufro de miedo a volar (seguro que ya lo he mencionado en alguna ocasión), pero es que en estas avionetas es PÁNICO en mayúsculas. Clavé las uñas en el asiento de delante, hice mis mejores respiraciones relajantes, tomé alguna droguita con prescripción médica y ¡aterrizamos todos vivos!
Al bajar del avión, nos llevamos la sorpresa de que no teníamos maletas. Ni nosotros ni nadie. No supieron darnos una explicación clara, pero todos lo comentamos y llegamos a la conclusión de que nos pasaríamos del peso total autorizado y decidieron mandar los equipajes por tierra. Si esto era así, las recibiríamos al día siguiente. Pero al día siguiente nos íbamos a adentrar en el Parque Nacional Corcovado. Así si había suerte y llegaba todo antes de irnos, tendríamos ropa, artículos de aseo, etc. Si llegaban cuando ya nos hubiéramos marchado, tendríamos que sobrevivir con lo puesto. Yo creo que lo hacen para darle más sensación de aventura. Siempre al límite en todo.
Cogimos un taxi en la propia pista de aterrizaje por 10 USD que nos llevara hasta nuestro siguiente hospedaje, las cabinas Manolo (muy famosas entre los turistas de la zona). Hicimos el check in y dejamos nuestras pocas pertenencias (las demás las tenía Nature Air.
Las cabinas están genial. Tienen la fama más que merecida. Es todo de madera, están limpias, tienen baño, hay barbacoa fuera y restaurante. Desde luego fue un acierto. Pasaríamos una noche antes de salir para Corcovado y otra cuando volviéramos y nos permitieron dejar lo que no necesitábamos, además de que se encargaron de recepcionar nuestras mochilas cuando llegaran. Se portaron de lujo.
Por desgracia, no encuentro nada reciente sobre este alojamiento y la web que yo conocía, ha dejado de funcional. Así que pinta mal. Tendréis que buscar otra opción, que hay muchas por la zona.
Enseguida volvimos a salir y fuimos a la pulpería (ojo, no venden pulpo a la gallega, es un ultramarinos, sin más) a por lo básico (jabón, desodorante, cepillos y pasta de dientes). Ya estábamos listo para lo que tuviera que pasar.
También fuimos a pagar a la agencia que nos llevaría al parque al día siguiente: Corcovado Info Center. Se encuentra en la carretera principal frente a la playa al lado de la Pulpería “La Amistad”, también conocida como “La Pulpería de Julio Mora” en Agujitas en Bahía Drake. Abren hasta las 19h.
Aventura en Corcovado
El tour que teníamos contratado era de 2 días y 1 noche en la famosa estación de La Sirena y nos costó 325 USD por persona (precio de 2017). El tour incluía transporte en barco Drake-Sirena-Drake, guía bilingüe con telescopio certificado (máximo 6 personas por guía), entradas al parque, tarifa por pernoctar en La Sirena, mantas y equipo de camping necesario. Se dormirá en literas (tienen mosquiteras, hay baños. Hay que llevar agua embotellada suficiente para los 2 días.
Nosotros lo reservamos a través de la web de Corcovado Info Center. Responden a los mails y también están en Facebook.
Pero, por si os resulta difícil contactar con ellos, podéis probar directamente con esto números de teléfono (espero que sigan operativos):
- Kenneth Mora Mendoza: +(506) 88464734
- Office: +(506) 27750916
- Mail: info@corcovadoinfocenter.com
A las 6 en punto de la mañana partimos a la aventura. Finalmente, nuestras maletas no llegaron a tiempo. Suerte que tenemos cámaras, zapatillas de agua, la ropa que llevamos usando desde ayer etc., ya que venían en nuestro mini equipaje de mano. Y ahora nos alegramos de haber comprado lo mínimo necesario en la pulpería (cepillo y pasta de dientes, desodorante, crema para el sol…) ¿Quién necesita más?
Nos espera un viajecito muy movidito en barca para llegar a la Estación Biológica La Sirena. Hay bastantes olas. Menos mal que nos tomamos una Biodramina por prevención.
Al llegar, vemos que no hay embarcadero. Hay que esperar a que la barca se aproxime lo máximo posible a la orilla, algo muy difícil con las fuertes olas, saltar con todas nuestras cosas en alto para evitar que se mojen y ¡CORRER! hasta a la orilla! para ponerse a salvo.
No puedo dejar de comentar lo bonita que es la playa de llegada, de una arena negra finísima.


Anduvimos no creo que llegará a 10 minutos por un camino muy sencillo y ya empezamos a ver animalitos. ¡Que para eso hemos venido! ¡Qué suerte!



Un ave de color negro y rojo y un oso hormiguero subido en lo alto de un árbol (me recordó al que vimos en el Jaguar Rescue Center). Y yo que pensaba que solo se quedaban a ras de suelo. Cuánto más viajo, más aprendo, más sé y a la vez más cuenta me doy de lo ignorante que soy. Eso es viajar, si se hace con la mente abierta, supongo.
Llegando a la esplanada donde se encuentra la Estación Biológico La Sirena, donde esa noche dormiremos, nos encontramos unos cuantos coatíes trasteando por allí.

En La Sirena nos asignan las camas bajo un techado, pero al aire libre. Eso sí, con unas grandes mosquiteras. Según las vi ya estaba deseando probarla y dormir al arrullo de los animales del parque. Las selvas son siempre tan ruidosas. Me encantan.
Una vez que cada uno tiene su sitio, nos preparamos para salir. Esto básicamente consiste en embadurnarse de crema solar como si no hubiera un mañana, esperar a que se absorba (a quien su piel absorba tal mejunje con el grado de humedad que hay por estos lares, habría que darle un premio) y, “con todo el unte absorbido” (léase con sarcasmo), toca echarse el repelente para insectos, que, además, también es grasiento. Vamos, que aún no has salido de caminata y ya estas sucio y pringoso que parece que llevas allí viviendo una semana.
La caminata será de entre 3 y 4 horas, dependiendo de los animales que veamos, del cansancio del grupo, etc. Vemos árboles gigantes, alguna flor peculiar, un pájaro carpintero y llegamos a otra playa. Hay muchos trozos de madera y árboles por toda la orilla, debido, por lo visto, a los últimos grandes oleajes.



Paramos para comer un lunch (sándwiches, zumos y algún dulce). Buscamos un tronco medio cómodo y nos pusimos todos juntos.



Justo enfrente teníamos la desembocadura de un río donde, según nos cuenta el guía, Carlos, hay tanto cocodrilos como tiburones toro. Dice que se puede cruzar tomando muchas precauciones y esperando a la marea baja. Pero también nos cuenta que no son pocos los accidentes que han ocurrido en esa zona. Mucha gente, en lugar de llegar en barca o lancha, deciden llegar caminando (es más barato, claro). Como es una caminata, suelen llegar bastante tarde al cruce del río, por lo que hay poca visibilidad. Algunos ni saben lo que se esconde bajo el agua. Y siendo ya tan tarde, cómo para pararse a esperar a que sea bajamar. Un poco de suerte y p’alante.
Cuando terminamos de comer y de sociabilizar nos dirigimos de nuevo a La Sirena, Nos despedimos del río de los tiburones y nos volvimos a adentrar en la selva.


Tuvimos mucha suerte de ver una danta, o tapir, como lo conocemos en España. Estaba echada entre la vegetación. Fue un momento muy emocionante. Jamás había visto una en libertad.

Ya en La Sirena nos dieron unas 2 horas o 2 horas y media de descanso. Al mediodía es cuando el sol más aprieta y hasta los animales buscan refugio y, los que pueden, duermen. Esta ocasión de probar la cama con mosquitera al aire libre (con techo, eso sí) me permitió comprobar lo cómoda que iba a dormir allí aquella noche. Yo valía para catadora de camas.
Nos preparamos y volvimos a salir a caminar por la selva. Al poco de salir, volvimos a ver un oso hormiguero en lo alto de un árbol.

El tramo por el que anduvimos aquella tarde fue por una zona mucho más frondosa. Casi no entraba ni la luz del sol. Vimos unos árboles gigantes y espectaculares, pero pocos animales. Todo no puede ser.


Volvimos a La Sirena al atardecer. Ya estaba oscureciendo, pero algunos rezagados estaban jugando una pachanga de fútbol.


La cena fue a eso de las 17:30 o 18:00. Aprovechamos a conocer a gente de otros grupitos, compartimos experiencias, nos enseñaron fotos de lo que habían vistos y viceversa. Había un gran ambientazo. Nos aseamos como pudimos y a las 20:00 ya estábamos todos en la cama. Apagaron las luces (yo tenía el frontal por si tenía que levantarme al baño) y es maravilloso dormirse así, poco a poco, oyendo la selva a nuestro alrededor. Incluso oyendo algún animalito husmeando por entre las camas. Una experiencia maravillosa.
Había estado lloviendo gran parte de la noche, así que los caminos estarían aun más embarrados de lo que ya lo estaban el día anterior.
Nos despertaron muy temprano. Si no recuerdo mal sobre las 5 nos llevaron a una corta caminata pre-desayuno. Justo al inicio, localizamos una danta enorme recostada. Pudimos hacerle fotos tranquilamente, no parecíamos molestarle.


Seguimos andando y llegamos a una playa llena de ramas y maderos. Algunos coatíes jugueteaban por la zona.


Alcanzamos la playa negra a la que llegamos con la barca el primer día y de ahí seguimos hasta llegar de nuevo a La Sirena para desayunar y dejar todas nuestras cosas ya preparadas.

Cuando terminamos el almuerzo, salimos hacia el Río Claro. Las aguas tan de color turquesa invitaban al baño. El calor sofocante hizo el resto. Al momento ya estábamos todos en el agua. El agua estaba fresquita, pero el baño resultaba muy agradable.

Nos fijamos que en esa zona había unos extraños árboles, cuya corteza estaba medio desprendía y se veía como fuego a la luz del sol. Hacía un efecto precioso a contraluz.


Nos secamos como pudimos, volvimos a por el resto de nuestras cosas a la estación y fuimos a la playa para montarnos de nuevo en las barcas que nos llevarían a Bahía Drake. Daba pena marcharse. Pero antes de abandonarse a la morriña, teníamos que enfrentarnos a un momento crucial: conseguir subirse a las barcas con más oleaje incluso que por la mañana. A mí me daba más miedo que se mojara la cámara y los móviles, que la ropa, las cosas del aseo o yo misma, como comprenderéis. Pero bueno, gracias a la habilidad del barquero que aproximó la barca todo lo posible a la orilla, a que no lo hicimos nada mal y a un poquito de suerte, que, seguro que también ayudó, todos subimos prácticamente secos.
Salimos a las 12:30 de allí y tardamos en torno a 1 hora y media en llegar. Fue un viaje movidito, pero interesante.
Esta noche es Nochebuena y mañana Navidad
Ya por fin en las Cabinas Manolo, nuestro hogar una noche más, nos duchamos y recogimos y reestructuramos el equipaje, que ya nos había devuelto la aerolínea.
Era la noche de Nochebuena y no sé si, porque en los últimos días había estado más ñoña y había llamado a mis padres un poco más de lo normal, decidieron invitarnos a la cena de Nochebuena más peculiar de mi vida. Elegimos quedarnos en las cabinas. Sus carnes a la barbacoa eran famosas en el pueblo, así que no hubo que buscar mucho. Y así es como celebramos una Navidad tropical a cuenta de mis padres, que ya les hubiera gustado unirse a los pobres, pero estaban cuidándome al gato en España.
