De Colombia a Panamá por una ruta de ensueño

Tras conocer algo del Caribe colombiano, teníamos intención de continuar en dirección al norte, hacia Centroamérica. Panamá era el siguiente país en nuestra ruta, entonces. Sin embargo, en cuanto empiezas a mirar las opciones in internet, te das cuenta de que no es tan sencillo.

Buscando la ruta más factible

Entre Panamá y Colombia no hay carreteras. Una densa selva, la del Darién bloquea la ruta lógica que pensábamos seguir. Ni tan siquiera, la ruta Panamericana (la considerada carretera más larga del mundo, con sus 40.000 km) se atreve a atravesarlo. A esta zona selvática y, en algunas áreas pantanosa, del todo intransitable se la conoce como el tapón del Darién.

Buscando y rebuscando en la red, podréis encontrar historias de gente que ha conseguido cruzarlo en jeeps o incluso con motocicletas, pero es una aventura complicada y, sobre todo, peligrosa. En esta zona campan a sus anchas traficantes de personas, armas y sustancias ilegales. Desde luego, esta no era la ruta que intentaríamos.

Si por tierra no era posible, nos quedaban dos opciones: por mar o por aire. El avión nos parecía la forma más sencilla, más cómoda, pero también la más insulsa, además de cara para un vuelo de tan corta duración.

¿Y por mar? Creo que en cuanto vi en Google Maps que, de Cartagena a Panamá, se cruzaba el famoso Archipiélago de San Blas, me decanté (o más bien, decidí) por esta opción.

En diferentes foros y webs de viajes encontré la empresa Blue Sailing, que ofrecía viajes en barco entre Cartagena y Panamá y viceversa y enseguida me puse a indagar más.

También podéis contactar con ellos a través de E-Mail y os resolverán todas vuestras dudas.

Hay muchos barcos diferentes. En el calendario podéis ver las fechas de salida para ver cuál os puede cuadrar más con vuestros planes de viaje. Además, hay barcos más grandes, más “fiesteros”, más pequeños y por tanto con menos gente abordo, etc.

Fijándonos en todos esos detalles, nosotros nos decidimos por el Ave María. Se trata de un velero de madera de teca precioso y con un máximo de 10 pasajeros.

En su página web podéis ver todos los detalles y algunas fotos del barco.

La logística

La salida estaba programada para el 4 de diciembre a última hora y el viaje al completo duraría casi 6 días, si todo iba bien. Hay que contar con posibles retrasos debido al estado de la mar y los vientos, así que no es aconsejable tener planes inamovibles para el día previsto de llegada, por lo que pueda pasar…

El viaje nos costó 550 dólares americanos por persona e incluía el viaje en barco, las comidas (desayuno, comida, algún picoteo por la tarde y cena), agua y alguna bebida especial sorpresa. 50 dólares los pagamos por adelantado antes del viaje vía PayPal para asegurarnos la plaza y el resto lo pagaríamos allí.

Los vuelos Cartagena-Panamá solo costaban un poco menos, pero por ese dinero íbamos a navegar durante 6 días, alojamiento y comidas incluidas e íbamos a descubrir unas islas caribeñas preciosas y solitarias. ¡Habíamos elegido bien!

Tengo que contaros una anécdota que ya marcó nuestro inicio en esta aventura. El día anterior queríamos haber hecho una colada en Cartagena, para partir con la ropa limpia. No nos quedaba nada limpio, literalmente, ya que siempre nos gustaba apurar. Pues justo ese día, hubo un apagón en todo el barrio en el que nos alojábamos, por lo que fuimos incapaces de encontrar una lavandería con electricidad. Lavar a mano no era una opción. La humedad ambiental es tan elevada, que la ropa no se habría secado ni una semana. Pues nada, no queda otra que tirar de filosofía viajera de supervivencia: elegir la ropa ponible en los próximos días en función de un eficaz cribado olfativo (no es que hubiera algo que oliera bien a estas alturas, pero menos mal, sí). Y positivismo ante todo: ¡Si, total, nos vamos a pasar el día en bañador! ¿Quién lo va a notar?

El mismo día de la salida quedamos en un café del barrio Getsemaní con el capitán, Paul (os dejo si Facebook también), con la otra tripulante, su mujer, Sindri (quien cocina de muerte, por cierto) y con el resto de pasajeros. Fue una buena primera toma de contacto.

Allí nos explicaron los detalles del viaje que estábamos a punto de comenzar. Teníamos que llevar 40 dólares por persona en efectivo para pagar las tasas de entrada al área de Guna Yala. También nos dieron instrucciones sobre el equipaje y para el buen funcionamiento y organización de un barco relativamente pequeño y con tanta gente abordo.

También nos recomendaron comprar algún snack o bebida, por si durante la travesía teníamos algún antojo. Compramos algunas bebidas y snacks para el viaje. En las islas que vais a visitar no hay nada. Bueno, en la última isla que visitamos, donde estaba el control fronterizo para entrar a Panamá, había un pequeño kiosko en el que encontramos Coca-Colas a precio de vino del bueno. Advertidos quedáis.

El último paso era pagar el resto del viaje. En total eran 1.000 dólares y no teníamos suficiente efectivo. Como os he comentado, la luz llevaba ya más de 24 horas sin funcionar en el barrio, por lo que los cajeros tampoco lo hacían, obviamente. Quisimos pagar con tarjeta, pero resultó igualmente imposible. ¡Hay que ver cuanto dependemos de la electricidad hoy en día! Por suerte pudimos hacerles una transferencia a través de PayPal. ¡Menos mal que hay mil recursos hoy en día!

¡Por fin partimos!

Nos citaron a última hora de la tarde en el puerto náutico de Cartagena. Cuando estuvimos todos, empezamos a abordar el barco.

No pudieron amarrar directamente en el muelle, por lo que para llegar al velero utilizamos una lancha neumática (también llamada dingi). Esta dingi nos acompañará todo el viaje, amarrada a la parte trasera del barco, cual perrito, y nos facilitará los desembarcos en las diferentes islas de manera seca y segura, cuando sean necesarios.

Fue un proceso lento y laborioso. Había que ir cargando equipajes y personas poco a poco en la dingi, llegar hasta el barco y descargar todo. Una persona volvía con la lancha al muelle y repetimos la operación hasta que no queda nada ni nadie en el muelle.

Una vez estuvimos todos junto con nuestras pertenencias abordo, comenzamos a organizar el espacio, pues no era demasiado abundante. Las mochilas grandes, bien protegidas a prueba de agua (bueno, más o menos, ya que usamos un par de bolsas de basura, un sistema bastante falible) las colocamos en unos compartimentos bajos los asientos de la cubierta. No tendríamos acceso a ellas, salvo extrema necesidad, durante toda la travesía.

Ya nos habían informado de esto con anterioridad, así que llevábamos lo imprescindible (cámaras, móviles, cargadores, productos básicos de aseo, toalla, crema solar, aftersun, y un par de prendas de recambio) en nuestras mochilas pequeñas. Estas las colocamos cada uno al lado de su cama, en sus respectivos camarotes o zonas de dormir, las cuales acabábamos de repartir.

Aquí os dejo una foto de nuestro camarote con 4 literas justo al frente del barco. La foto fue tomada nada más entrar en el barco y solo se ve mi mochila en el suelo entre las camas. Nunca más volvió a estar tan ordenada.

Poco a poco, empezábamos a conocer al resto de pasajeros: una pareja británica de luna de miel, una pareja madura de alemanes, un jovencito alemán que viajaba solo, un suizo de edad avanzada también viajando solo, dos amigos estadounidenses, mi suizo y una española bien maja (yo… jejeje).

Paul era el capitán y era de nacionalidad australiana y su pareja, Sindri, colombiana, le ayudaba en todo lo referente al barco y, además, se encargaba de las comidas. Es muy curioso ver cómo cocina Sindri cuando el barco se menea de lo lindo, mientras los demás luchamos simplemente por mantenernos en pie. La cocina es basculante de manera que la olla siempre está en posición vertical y su contenido no se derrama. ¡Muy ingenioso! Ella parece ni inmutarse con los vaivenes del barco.

Según nos cuentan, ellos viven casi todo el año en su barco. Solo lo abandonan el tiempo necesario para hacerle los trabajos de mantenimiento anuales necesarios. Por tanto, están más que acostumbrados a vivir sobre el agua. No así nosotros, que, sobre todo al principio, no damos pie con bola.

El primer día y medio es de pura navegación. Aquí surgen los primeros mareos. Nada grave. Con un par de biodraminas, todo arreglado. Para el segundo día ya estamos todos más que adaptados. Paul incluso nos explica y nos enseña a navegar. El que quiso tuvo hasta la oportunidad de manejar el timón, intentando seguir la ruta marcada por la brújula. Una experiencia muy enriquecedora.

El día 6 de diciembre fue nuestro primer contacto con las paradisíacas islas de Guna Yala (más conocidas como San Blas, aunque ya no sea este su nombre oficial).

La belleza de las islitas, el color del mar, los pelícanos sobrevolando… el paisaje nos dejó sin palabras.

Pasamos los siguientes 3 días disfrutando de este paraíso terrenal a tope. Bajamos a diferentes islas. Algunas incluso medio habitadas.

Disfrutamos de baños en playas de fina y blanca arena, aguas turquesas e islitas ideales por todo el horizonte.

Al atardecer echábamos el ancla en algún sitio bonito y disfrutamos de puestas de sol de infarto.

A la hora de dormir, cada uno se organizaba como quería. Había gente que se quejaba de calor dentro del barco. Algunos incluso prefirieron pasar alguna noche a la fresca, o bien en cubierta, o bien en una hamaca en una isla cercana. A mí la temperatura en nuestro diminuto camarote me parecía la ideal para dormir (soy como un gato, siempre busco los lugares más cálidos para echar una cabezada). Y si alguno decidía salir fuera a dormir, hasta lo agradecía: más espacio para mí y ningún ronquido que interrumpiera mi descanso.

Un día hicimos barbacoa en una isla para comer. Estuvo genial, con pinchos de pollo, carne de diferentes tipos, verduras y una rica ensalada. La fruta nunca puede faltar como postre. Todo riquísimo. Después, con el buche bien lleno, me pegué una de las mejores siestas de mi vida en una hamaca, meciéndome bajo dos cocoteros. La sensación de relax, con el sonido de las olas, el calor del sol en la piel, el salitre tras varios días sin una ducha como tal, el sonido de algunos pájaros… según lo escribo siento que podría entrar en una especie de trance. Fue maravilloso.

También aprovechamos para hacer algo de snorkel en esta travesía. El entorno marino era precioso. Había muchos peces y corales de todo tipo.

Incluso en un punto, encontramos un pecio de un barco hundido, muy interesante.

A menudo, en lugar de desembarcar con la dingi y la cámara normal, nos lanzábamos directamente al mar con la cámara acuática.

Estos bañitos también nos vinieron bien para tomar algunas fotos desde algunas islas cercanas a las que llegamos a nado. Estábamos en completa soledad. Parecíamos unos auténticos náufragos.

En la siguiente foto, podéis ver al Ave María (y a su inseparable dingi detrás) en su ecosistema natural:

El tema higiene es algo complicado en un barco de estas características. El agua es un bien demasiado preciado para “desperdiciarlo” destinándolo a la higiene personal de cada uno de los pasajeros. En consecuencia, no hay agua dulce con la que asearse. Sindri nos enseñó un método para ir medio tirando durante esos días. Lo llamaba “Sea Spa”: Te enjabonas, saltas al agua y te aclaras. Nada más salir del agua, hay que frotarse con contundencia el cuerpo con la toalla a fin de quitar toda la sal que tenemos en la piel. Después, es recomendable aplicar crema o loción corporal en abundancia. Esto se supone que evita la deshidratación de la piel y los temidos picores que desencadena, lo cual no terminó de surtirme efecto. Y para los cabellos largos, la “solución” momentánea fue aplicarse acondicionador sobre el pelo repleto de arena y sal. Yo no intenté usar el peine hasta que llegamos a la civilización y pude lavarme en condiciones, por temor a arrancarme media cabellera deshaciendo nudos. No os digo más. Cuando digo que parecíamos náufragos, no lo digo en broma, como podéis ver.

Otro tema delicado es el tema retrete. Está absolutamente prohibido tirar papel o cualquier otro residuo que no sea corporal por el inodoro. No me imagino nada peor que una travesía de 6 días con 12 personas a bordo entre pasajeros y tripulación con un retrete atascado.

Pasando a temas más agradables: En alguna de las islas encontramos algún pequeño poblado o casa, habitadas por gentes de la etnia Guna.

También es habitual verlos navegando en sus barcas de madera artesanales o pescando desde la orilla.

La última noche de navegación fue durilla (por decirlo de una manera suave). Pillamos una buena tormenta. Llovía a cubos y las olas eran altísimas. Daniel, mi marido, y yo, estábamos algo mareados dentro del barco, así que decidimos ponernos nuestros chubasqueros y salir a coger algo de aire fresco. Fue impresionante ver aquello en directo. Cuando estas en lo alto de una ola, solo ves mar y más mar a tu alrededor. No hay nada más. Cuando estás en la parte baja, las olas que te rodean parecen paredes inmensas de agua, envolviéndote por completo. Impresiona. Impresiona mucho, si no es algo que hayas vivido antes.

El último día del viaje, llegamos a la isla más civilizada que veíamos en mucho tiempo. En ella se encontraban algunos edificios gubernamentales, entre ellos la aduana y la frontera oficial entre Colombia y Panamá.

Además, a lo lejos se veía un poblado Guna bastante grande.

Aquí sellamos por fin la entrada al país, a pesar de llevar unos días recorriendo su maravilloso Caribe.

Llegada a la civilización

Llegamos a Portobello al comenzar la tarde y allí mismo nos despedimos de nuestros compañeros de navegación.

Teníamos dos buses por delante para poder llegar a Ciudad de Panamá. Sindri y Paul ya nos habían explicado todos los detalles y precios, para que no nos hicieran pagar precio “turista”, así que sería fácil. Pero esa ya es material para el próximo artículo.

Dejar una contestacion

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *