Excursiones desde San Cristóbal de las Casas

La mayor parte de las agencias de la ciudad encuentran en la Calle Real de Guadalupe, como ya os comenté en el post anterior sobre San Cristóbal.

Hay muchísimas cosas que ver por la zona. Podéis disfrutar de la exuberante naturaleza chiapaneca en el Cañón del Sumidero, en las Lagunas de Montebello o en la Cascada El Chiflón, por poneros algunos ejemplos. Tenéis maravillosas ruinas mayas para explorar, como las de Toniná. Si os interesa la cultura indígena, no podéis dejar de visitar los pueblos de San Juan Chamula y Zinacantán, donde entraréis en contacto con algunas de las tradiciones mayas, que han sobrevivido hasta nuestros días.

Incluso, si tenéis tiempo e interés, se puede intentar visitar alguna de las comunidades zapatistas de la zona, llamadas caracoles. Y digo bien (“intentar”), ya que los propios zapatistas deben permitiros el paso. Una de las más conocidas y cercanas a la ciudad es el caracol zapatista de Oventic. Yo no lo visité, y la verdad es que hay muy poca información al respecto en internet. Os dejo el link con la experiencia de una viajera que sí pudo acceder al caracol.

Como veis, hay montones de opciones y lugares que visitar, así que no os vais a aburrir. Eso es seguro.

Aunque estuve una semana en San Cristóbal, hice “sólo” tres excursiones fuera de la ciudad. Al final hay que decidirse por algunas, dejando otras muchas en el tintero. El dinero manda también. Os cuento un poco más sobre las excursiones que sí que realicé por la zona.

Ruinas de Toniná

De las más desconocidas de la zona, las ruinas de Toniná reciben muchos menos visitantes que Palenque, por ejemplo. Quizás el hecho de que estén a unas dos horas de San Cristóbal, o quizás que se encuentran en zona zapatista, echa a muchos viajeros para atrás.

Que Toniná no sea tan popular tiene pros y contras. Como ventaja os diré que, si os decidís a ir hasta allí, podréis explorarlas casi en completa soledad, en plan a lo Indiana Jones. Durante mi visita de casi cuatro horas creo que no me crucé con más de siete personas.

El problema está en encontrar alguna agencia que realice el tour. Si lo encontráis, ¡aprovechad!, que no es lo más habitual. Si no, tendréis que contratar un tour privado, lo que es caro. Alquilar un coche con conductor para ir hasta estas ruinas debería costaros entre 1000 y 1500 pesos (entre 45 y 65 euros). Para mí, viajando sola, fue un desembolso importante, pero mereció la pena. Si, además, encontráis con quien compartir los gastos del coche, tampoco es para tanto.

Mi conductor, Erik, fue muy agradable durante el viaje. Me contó un montón de cosas interesantes sobre la vida en Chiapas, el movimiento zapatista… Además, he de decir que conducía muy prudentemente, lo que, tras ver el estado de las carreteras de la zona (lluvia, niebla, curvas, desprendimientos, etc.), es más que de agradecer.

Os dejo su teléfono móvil, por si alguien viaja a la zona y le interesan sus servicios: +52 (1) 967 100 2487
Recordad que, si llamáis desde un teléfono extranjero, debéis marcar todos los números. Si llamáis desde un teléfono mexicano, únicamente debéis marcar a partir del 9.

Una curiosidad que me contó Erik: la carretera que va de San Cristóbal a Ocosingo (la misma que conduce a Palenque), está llena de badenes (lo que aquí llaman topes). Yo solía asociar estos badenes a un intento por reducir la velocidad del tráfico en un específico lugar, bien por ser una zona peligrosa, bien por tratarse de una zona con escuelas, por ejemplo. Pues por estos lares, lares las cosas funcionan de manera muy distinta. Me extraño que muchos de los topes parecían encontrarse en mitad de la nada, así que le pregunté a mi chófer, con qué fin los habían puesto ahí. Me contó que los propios indígenas de la zona ponían uno en la carretera, cuando abrían un negocio, por pequeño que sea (un puestecillo de venta de agua de coco ya cuenta). De esta manera, todos los vehículos se verían obligados a frenar y quizás repararían en la tienda, aumentando así, posiblemente, la clientela. Me quedé atónita.

En cuanto llegamos, crucé el puente de entrada al recinto, subí unas resbaladizas escaleras y me encontré de bruces con la pirámide más grande de México. Las vistas de todo el conjunto son alucinantes.

Aquí debo hacer una corrección de un post anterior, en el que os contaba que la portadora de tal honor, era la gigantesca pirámide de Cholula. En excavaciones recientes se ha demostrado que no es así. La de Toniná es más alta y tiene una base de mayor tamaño. Por desgracia, estos datos son tan recientes, que aún no aparecen en muchas guías ni folletos informativos de las propias ruinas. Disculpadme la errata.

El día estaba muy gris y amenazaba lluvia. De hecho, llevaba lloviendo varios días seguidos (¿pero no decían que la temporada de lluvias ya debería haber terminado?). Las escaleras tenían pinta de resbalar muchísimo, así que ya podía andarme con cuidado si no acabar rodando toda la pirámide más alta de México para abajo.

Un guía se ofreció a acompañarme. No recuerdo el precio, pero decliné la oferta. Me apetecía mucho más explorar aquel increíble lugar a mi aire. Sé que me pierdo muchas cosas sin una explicación apropiada, pero la verdad es que no soy muy amiga de las visitas guiadas.

A pesar del desapacible clima, había muchas mariposas de vivos colores revoloteando por toda la zona.

Comencé el ascenso. Mi juicio previo había sido acertado: los escalones, además de altísimos e irregulares, resbalaban de lo lindo. La cosa pintaba difícil. Tampoco quería acabar lesionada por subir una pirámide, así que me propuse subir un par de niveles, del total de siete, y contentarme con eso.

Enseguida me di cuenta de que no se trata de una pirámide al uso, como las de Teotihuacán. En cada uno de los niveles, fui encontrando diferentes edificaciones y pasadizos, lo que añadía interés a la visita.

La hierba crece en los diferentes niveles, creando una especie de praderas en altura muy vistosas.

En algunos puntos me encontré con interesantes frescos (bastante mal conservados) y bonitas esculturas.

Tras un tramo de escaleras, pasaba largo rato explorando el nivel alcanzado. De nuevo, tocaba ascender escaleras y otra vez a explorar. De esta manera, fui ascendiendo niveles, casi sin darme cuenta.

Cuando me quise dar cuenta ¡estaba casi en lo más alto! Y yo que quería subir solo un par de niveles… La bajada iba a ser complicada. Menos mal que, al ir sola, no tenía estrés ninguno por llegar abajo a una hora determinada.

Justo ante el último tramo de escaleras, me topé con una cinta amarilla que indicaba que el acceso estaba cerrado.

Por lo visto, el terremoto ocurrido en Chiapas el pasado 7 de septiembre, de 8,2 grados, había provocado daños en la parte más alta, por lo que no era seguro visitarla.

Ya desde el penúltimo nivel, las vistas eran espectaculares. Un paisaje verde hasta donde la vista alcanza, las montañas entre las brumas al fondo… Era mágico.

El descenso fue tan difícil como esperaba. Me llevó mucho más tiempo que la subida, pero, por suerte, alcancé el suelo sin percance alguno. Por suerte, el tiempo me había dado tregua. No solo no me había llovido, sino que incluso el sol hizo acto de presencia en varios momentos. De haber comenzado a llover, la bajada hubiera sido un auténtico suplicio.

Dentro del complejo arqueológico, hay también un pequeño juego de pelota, así como algunas pirámides de menor tamaño.

Por desgracia para mí, éstas otras ruinas también estaban clausuradas desde el fatídico terremoto.

A pesar de todo, Toniná me había dejado un muy buen sabor de boca.

Cañón del Sumidero y Chiapa de Corzo

Se trata de un tour básico, que podréis reservar en cualquier agencia de la ciudad. Los tours salen todos los días y el precio oscila entre los 250 y los 300 pesos. Se parte sobre las 9 de la mañana y regresaréis a San Cristóbal sobre las 4 de la tarde.

El Cañón del Sumidero es uno de los destinos más conocidos del estado, apareciendo incluso en el Escudo de armas de Chiapas.

En aproximadamente una hora de trayecto en furgoneta, llegaréis al embarcadero del río Grijalva que hay en Chiapa de Corzo, donde montaréis en una lancha.

Si tenéis la suerte de ir en un día soleado, las vistas serán espectaculares, pero ni se os ocurra olvidaros de la crema solar y, a ser posible, un sombrero, ya que el sol pica de lo lindo. Mientras la lancha esté en movimiento, el aire os mantendrá fresquitos, pero en cada una de las paradas que iréis haciendo, ya sin el refrescante viento, el cañón se os asemejara a un horno. El agobiante chaleco salvavidas, no ayuda en absoluto. Es como llevar bufanda en Madrid en pleno agosto.

Poco después de comenzar la travesía, las altas paredes rocosas de los acantilados que conforman este impresionante cañón, os dejarán sin palabras. Es un paisaje de una gran belleza.

Habitualmente, los cocodrilos son avistados tomando el sol en las orillas o nadando por el río. Pueden llegar a medir hasta ¡seis metros!

No sé si se aprecia bien en las fotos, pero nosotros pudimos ver algún ejemplar de tamaño más que considerable. Ni el asfixiante calor podría conseguir que me metiera en esas aguas.

No tan común es ver a los simpáticos monos araña que habitan la zona. Aquel día, estábamos de suerte.

El recorrido continúa por un cañón cada vez más angosto y estrecho y de paredes cada vez más elevadas. En algún momento, la imagen que tengo ante mí, me recuerda a las de los folletos de viajes a los fiordos noruegos.

Durante la conquista española de esta zona de México, los chiapas (indígenas de la zona que dan nombre a la región hoy en día) ofrecieron gran resistencia. En 1534, tras la memorable batalla del Tepetchía y viéndose perdedores, los chiapas prefirieron saltar al vacío desde estos acantilados antes que ser apresados y sometidos por los españoles.

En un punto del camino, nos muestran una especie de oquedad en la que hay una figura de la Virgen de Guadalupe, muy venerada por los mexicanos.

Hacia el final del cañón, llegaréis a una zona de preciosas cascadas.

Ojo con las cámaras, ya que, si el barquero está de humor, os dará un buen remojón pasando por debajo de alguna de ellas.

Hay una cascada especialmente fotogénica, a la que llaman “el árbol de Navidad”. Viendo las fotos, es obvia la razón.

Al final del cañón, se llega a un lago artificial, formado tras la construcción de una presa.

En esta zona, abundan las aves, sobre todo zopilotes, garzas y pelícanos.

Este es el final del recorrido. Sólo queda dar media vuelta y volver al embarcadero por el mismo camino, esta vez sin apenas paradas. El paseo en lancha dura en total (ida y vuelta) dos horas y media aproximadamente.

Tras desembarcar y devolver los chalecos, montaréis de nuevo en la furgoneta para ir al centro del pueblo de Chiapa de Corzo, municipio en el cual se encuentra el famoso cañón.

En la plaza principal destaca el monumento a la corona española, que, además, funciona como fuente. Es de un bonito estilo mudéjar.

Por ser víspera del Día de Muertos, había varios altares en la misma plaza. La gente viene a rezarles a los difuntos y a traerles ofrendas.

Me llaman la atención unos muñecos colgados por el cuello de un árbol cercano. Pregunto y me cuentan que se trata de los Judas, una tradición local.

Di un paseo por el mercado del pueblo, el mejor lugar para observar la vida cotidiana.

Muchas mujeres van vestidas con los trajes tradicionales, repletos de coloridos bordados.

La iglesia, como la mayoría de las de la zona, se encuentra apuntalada y cerrada desde el sismo.

Tras alrededor de una hora por el pueblo, toca volver a la furgoneta y emprender el camino de vuelta a San Cristóbal.

San Juan Chamula y Zinacantán

Se trata de dos pueblos indígenas muy cercanos a San Cristóbal. Ambos son famosos por su sincretismo religioso, en el que se mezclan tradiciones prehispánicas y católicas.

Comenzamos el día visitando el primero de ellos, San Juan Chamula. Aquí viven en su mayoría indígenas tzotziles, una etnia de origen maya. Éstos han sabido mantener su idioma originario, el tzotzil, el cual oiréis en cualquier rincón durante vuestra visita.

En este pueblo imperan leyes propias, siendo algunos de los habitantes los mismos jueces. El linchamiento es el castigo habitual para ciertos delitos, como el asesinato o la violación. Otras infracciones menores se castigan colgando al infractor por los brazos en público durante un determinado tiempo. Si algún miembro de la comunidad rompe con sus costumbres (se casa con alguien ajeno al pueblo, no sigue al pie de la letra las tradiciones chamulas, etc.), será expulsado del pueblo.

Aquí no se andan con bromas y, como turistas, hay que andarse con ojo. Las fotografías están prohibidas en muchos lugares y situaciones, por ejemplo. Para evitar problemas, os recomiendo visitar el pueblo acompañados de un guía, a ser posible local o que conozca muy bien las tradiciones locales.

Os recomiendo la empresa Alex y Raúl Tours, integrada por guías con un origen indígena. El tour cuesta 250 pesos por persona y el punto de encuentro es en la cruz que hay frente a la catedral de San Cristóbal todos los días a las 9:30. No hace falta reservar, tan sólo hay que presentarse a la hora señalada y unirse al grupo.

Otro curioso dato sobre este pueblo es que sus habitantes practican la poligamia. Un hombre puede tener varias esposas, siempre y cuando las pueda mantener, de muy similar manera a como ocurre en la religíón musulmana.

En un día normal, la visita se centra en la iglesia de San Juan, la cual visitaríamos posteriormente.

Por tratarse del Día de Muertos, todo el cotarro se encontraba en torno al cementerio, adyacente al templo de San Sebastián. Si la visita al cementerio de San Cristóbal ya me había sorprendido, el cementerio de Chamula me dejaría prácticamente sin habla.

La primera impresión, desde lo alto de una colina, de todo lo que me aguardaba allí abajo fue fuerte. A mis pies había un cementerio cubierto de hojas y ramas de pino (considerado sagrado por los chamulas), repleto de gente, bandas de música, vendedores de snacks y bebidas, flores por todas partes… Me sentí un poco abrumada.

Algunos, en lugar de bajar y entremezclarse con la marabunta, parecen preferir esta posición mucho más tranquila.

Muchos de los indígenas portan las ropas tradicionales, fabricadas con lana de oveja. Ellas llevan una abultada falda de lana negra, ellos una chamarra, bien negra de manga larga, bien blanca de manga corta. Un complemento habitual de los hombres es el sombrero, que nosotros llamaríamos de vaquero.

Bajamos y nos metimos de lleno en el jaleo. Pasar por entre las tumbas, intentando no pisar la propia tumba, ni las flores, ni las ofrendas, ni a nadie, era una tarea arduo complicada.

Las ofrendas más habituales son comida y bebidas como el pox (pronunciado posh), una potente bebida alcohólica tradicional, e incluso la Coca-Cola, introducida más recientemente en estas comunidades.

Los más devotos rezaban frente a las tumbas de sus difuntos.

Otros, bailaban, charlaban o incluso echaban una partida de cartas.

Los vendedores de comida y bebida debían de estar haciendo su agosto.

De vez en cuando, nos cruzamos con un grupo de autoridades locales acompañadas de un sacerdote, que iba bendiciendo las tumbas con el agua sagrada.

Una vez hubimos dado una vuelta y nos hubimos empapado de todo lo visto y vivido, volvimos a la furgoneta y nos dirigimos al centro del pueblo para proseguir con la visita.

En primer lugar, visitamos una casa, donde guardaban a la Virgen de Guadalupe. En la tradición chamula, cada santo y cada virgen es custodiado en una casa diferente cada año. Esto es un gran honor para la familia que lo guarda, el cual supone también un gran gasto y una enorme carga de trabajo.

Durante ese año, la familia no puede realizar ningún otro trabajo, por lo que cuando llega el momento de custodiar al santo deben tener suficientes ahorros. Hay una larga lista de espera para guardar al santo, por lo que desde que lo solicitan hasta que se materializa pueden pasar fácilmente 20 años. Si este tiempo, la familia no consigue ahorrar lo suficiente, abandonará la comunidad como expulsados por la vergüenza de no haber cumplido con sus obligaciones.

En la habitación donde custodian al santo no está permitida la toma de fotografías. El suelo está cubierto por completo por hojas de pino y el olor a incienso es intenso.

De aquí, nos dirigimos a pie a la que suele ser la visita estrella en este pueblo, la iglesia de San Juan.

La iglesia en sí es bonita. Por ser un día tan señalado, había una gran cola de hombres para, tirando de una soga, tocar las campanas (las mujeres no lo tienen permitido). En la plaza frente a la iglesia hay reunidos gran número de hombres, en diferentes grados de embriaguez (el pox comienza a notarse), ataviados con el traje tradicional.

Dentro del templo no están permitidas las fotografías.

El suelo está completamente cubierto por hojas de pino. Hay un montón de santos a ambos lados de la nave. A ellos vienen a rezarles los chamulas. Cada santo porto un espejo, con lo que el creyente se ve reflejado mientras reza. Esto representa que la conversación y la búsqueda de soluciones a un problema es, en realidad, con uno mismo.

Hay velas de colores encendidas por todo el suelo. Son ofrendas para diferentes temas, dependiendo del color (azul para la salud, amarillo para el trabajo…).

Cualquier otro día, la iglesia habría estado repleta de gente. Hoy estaba casi vacía. Normalmente, se puede ver a los chamanes (médicos tradicionales chamulas) realizando aquí sus ritos, que suelen incluir sacrificios de animales, entre otros. Por desgracia, o por suerte, ya no estoy segura, no pudimos ver nada de eso aquel día. Los chamanes estaban, como el resto de la población, en el cementerio.

No se puede tener todo en esta vida. La visita a la iglesia de San Juan no fue todo lo intensa que habría sido cualquier otro día. Sin embargo, la experiencia que habíamos vivido en el cementerio, lo había compensado de sobra.

Así, dimos por finalizada la visita a San Juan Chamula y nos dirigimos con la furgoneta al vecino pueblo de Zinacantán.

La mayor parte de su población es, al igual que en San Juan Chamula, tzotzil. A pesar de ser pueblos “hermanos”, sus tradiciones son muy diferentes.

El traje tradicional está repleto de coloridos bordados con motivos florales. Aquí el sincretismo religioso es mucho más suave, predominando las tradiciones católicas. El chamanismo no es tan abiertamente practicado, ya que la iglesia católica no lo aprueba.

La iglesia sufrió gravísimos daños durante el último terremoto, por lo que no pudimos visitarla.

Justo al lado, han abierto una especie de capilla que hará las veces de iglesia hasta que ésta sea reparada. Va para largo, parece.

Dentro, hay algunas figuras y referencias al horóscopo maya. Vuestro signo dependerá de vuestra fecha de nacimiento. Podéis averiguar el vuestro en la siguiente tabla.

También pudimos visitar una casa, donde nos dieron a probar unas ricas tortillas de maíz artesanales con relleno de pipas de calabaza. ¡Buenísimas!

Es sorprendente la cantidad de tipos diferentes de maíz que existen.

También, pudimos apreciar un precioso altar preparado para el Día de Muertos.

En el patio de la casa, unas mujeres nos enseñan como, con el tradicional telar de cintura, producen preciosos tejidos.

Por supuesto, si queréis comprar pañuelos, bufandas o manteles, aquí los encontraréis. Aunque el precio no es el más económico, están completamente hechos a mano y sabréis que vuestro dinero irá directamente a estas humildes vendedoras.

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