El yacimiento arqueológico de Edzná

Si contáis con un par de días en la zona de Campeche, no podéis dejar de visitar las ruinas mayas de Edzná. Se encuentran a tan solo 55 km de distancia, así que ¡no valen excusas!

Itzá es el nombre de un linaje de origen chontal (pueblo indígena) que se estableció en este lugar. Los pobladores de otros asentamientos se referían a los habitantes de esta antigua ciudad maya como “Itzáes”. De ahí proviene su nombre: Ytzná o Edzná, que podría traducirse como “Casa de los Itzáes”.

Breve historia de la ciudad de Edzná

Habitada desde aproximadamente el año 400 a.C., tuvo su periodo de máximo esplendor entre los años 400 y 1.000 de nuestra era, cuando llego a contar con unos 25.000 habitantes (¡una gran urbe de la época!).

Dada su importancia, se convirtió en la capital de la zona que actualmente ocupa el estado de Campeche. Y para demostrar este poder, se erigieron grandes edificios monumentales, como los que hoy en día aun podemos ver en torno a la plaza de la Gran Acrópolis, especialmente el Templo de los Cinco Pisos. Vamos, el postureo político y religioso de la época.

Pasado este apogeo, la ciudad entró en un periodo de paulatina decadencia, hasta su total desocupación y abandono en el año 1450.

Cómo llegar

Por supuesto, en prácticamente todos los hostels y agencias de la ciudad de San Francisco de Campeche podréis reservar un tour a estas famosas ruinas.

Si, por el contrario, preferís hacer la visita más tranquilamente y por vuestra cuenta, debéis saber que hay colectivos que unen muy frecuentemente ambos destinos.

Esta es también la opción más económica para llegar al recinto arqueológico: 80 pesos el billete de ida y vuelta (en torno a 3 euros).

En el siguiente mapa de la ciudad podéis ver dónde encontrar la parada de dichos colectivos en la ciudad de Campeche.

El trayecto dura tan solo alrededor de una hora y para recorrer con calma todo el recinto no necesitaréis más de dos o tres horas, por lo que aun podréis aprovechar el resto del día para hacer algo en Campeche.

Os recomiendo madrugar e ir temprano. Así, además de evitaros el calorazo del mediodía, podréis disfrutar del lugar casi en completa soledad. Estas ruinas son algo menos famosas que otras de la zona, como Uxmal o Chichen Itzá, por lo que están mucho menos masificadas.

Para que os hagáis una idea, en el tiempo que estuve allí (no menos de tres horas, seguro) me crucé con un máximo de diez personas.

En este video se aprecia perfectamente lo que es tener unas ruinas mayas tan impresionantes para ti sola.

Datos prácticos

El recinto abre todos los días de 8:00 a 17:00 y actualmente la entrada cuesta 65 pesos (2.50 euros).

Hay baños y os recomiendo llevar un buen repelente antimosquitos, ya que en algunas zonas arboladas pueden llegar a comerte vivo.

Aunque en las zonas más abiertas el sol pega de lo lindo, hay muchas zonas sombreadas. Si evitáis las horas centrales del día, no pasaréis un calor excesivo. Eso sí, llevad bien de agua.

Cuando os bajéis del colectivo, tendréis que caminar unos 300 metros hasta la taquilla y entrada al recinto.

Os recomiendo que vayáis a primera hora hacia la zona más famosa y fotogénica: la plaza de la Gran Acrópolis. Así podréis disfrutar de esta magnífica zona con poca o ninguna gente.

Como podéis ver, en el momento de mi visita no había absolutamente nadie.

Recorrí con toda la calma del mundo el área, subiendo a cada uno de los edificios y disfrutando de cada detalle, como estos bonitos relieves.

Me dirigí a ver el juego de pelota, que, por desgracia, está bastante peor conservado que los de Uxmal o Chichen Itzá.

Este juego, de carácter sagrado, pretendía representar el antagonismo de los dioses y su aparente rivalidad con las fuerzas de la naturaleza, según algunas teorías.

En el México antiguo, la manera de jugar variaba según la región (número de jugadores, cantidad de puntos necesarios para ganar, etc.). Se jugaba con una pelota fabricada de hule y se usaban protectores para la cintura y las rodillas, que pueden apreciarse en muchos relieves que se conservan en diferentes yacimientos. La pelota podía ser golpeada con cualquier parte del cuerpo, excepto los brazos y las manos, y había que intentar hacerla pasada por un aro adosado a un talud o pared.

Esta antigua práctica aun sobrevive en algunas regiones del país. En algunas zonas de Oaxaca y Guerrero se practica un juego similar llamado la pelota mixteca y en algunas zonas del norte de México se juega al ulama, también con características parecidas.

Continuando con mi visita, llegué al Templo de los Mascarones. En el México antiguo, muchos edificios mayas se decoraban con diversas representaciones modeladas en estuco. Este material, similar al yeso, es extremadamente frágil por lo que no se conservan muchas de estas decoraciones. De ahí la importancia de este edificio.

Durante los trabajos de exploración realizados en 1988 en esta zona, se encontraron dos mascarones de estuco, hoy en día expuestos y muy bien conservados.

Representan a la deidad solar en dos momentos: el amanecer y el atardecer. Aunque la policromía no se ha conservado tan bien hasta nuestros días, se sabe que predominaban los colores rojizos. Las orejeras, tan de moda en aquella época, eran del color verdoso-azulado de los pigmentos obtenidos de la piedra jadeíta.

Los ojos estaban pintados de negro y tienen una característica que aun hoy se aprecia perfectamente y llama poderosamente la atención. Ambos mascarones son ¡bizcos!. Por lo visto, este rasgo era considerado de gran valor estético en aquella época.

Continué mi paseo por otras zonas con edificios de menor importancia.

Un par de zopilotes (una especie de buitre local) merodeaban por las alturas.

Estos edificios están menos restaurados y se ha dejado que la naturaleza se vaya apropiando cada vez más de ellos. La sensación de soledad al pasear por esta especie de ciudad perdida es como estar dentro de una película de aventuras.

Si aun tenéis tiempo y ganas, acercaos a la zona de la Vieja Hechicera. No es una zona de gran espectacularidad, pero es muy tranquila y el paseo merece la pena.

Lo que no puede faltar en cualquier yacimiento arqueológico por esta zona del mundo son las iguanas. Están por todas partes. Así que, si os gustan estos animalejos, solo tenéis que quedaros en un sitio un ratito en silencio y observarlas salir poco a poco de sus escondites.

Les gusta mucho posar para las fotos de los turistas, ¿no creéis?

Yo me lo pasé de vicio viéndolas correr y trepar por entre los pedruscos antes de regresar a la salida y dar por terminada mi visita a tan interesante lugar.

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