Un esperado reencuentro – Expectativa vs. realidad

Por fin había llegado el día. Después de dos meses de viaje sola por México, Guatemala y Belice, al fin había llegado el día de reencontrarme con Daniel, mi marido, y continuar el viaje juntos.

Que conste que disfruté muchísimos de este tiempo “a solas”. Era la primera vez que viajaba sin compañía alguna durante tanto tiempo. Unos años antes había hecho una escapada a Estambul también sola, pero de pocos días, por lo que no era una situación comparable.

Cuando uno visita una ciudad, un país o el lugar que sea en compañía de amigos, pareja o familiares, a menudo se vuelve más cerrado. No te paras a hablar con tanta gente porque no lo necesitas. Ya tienes con quien compartir conversaciones, momentos e impresiones. Tienes quien te haga las fotos, siempre tienes con quien hablar, con quien ir a conocer un sitio…

Cuando estás sola (o solo, que no quiero excluir a nadie) estás mucho más abierta a todas las oportunidades que van apareciendo de socializar.

Además, me he dado cuenta de la gran cantidad de viajeros “solitarios” que andan por ahí, recorriendo el mundo. Pongo muchas comillas en este caso al llamarlos “solitarios” y “solos” porque rara vez los verás verdaderamente solos. Esa es la magia de los viajes y lo bonito de la mente abierta viajera. Tendemos a unirnos, a juntarnos.

Sinceramente, solo estuve sola cuando quise estarlo. Al final, en algunos momentos hasta buscaba tener esos pequeños ratos de soledad.

En casi cada sitio que visité encontré compañeros de viaje maravillosos. Todos únicos y diferentes. Todos interesantísimos. Así que ahora, tras esta gran experiencia de vida, puedo decir que viajar “sola” es genial y, sin duda, repetiré.

Pero bueno, a lo que voy. Había llegado el momento de dejar de contarle a la gente que estaba de luna de miel sola por América. Acababa esa divertida fase en la que no dejé de ver caras extrañadas hasta que les explicaba que mi marido se uniría a mí más adelante por motivos laborales.

Expectativa

Habíamos quedado de vernos en el aeropuerto de Bogotá. Sí, como el que queda en la calle de al lado. A originales que no nos gane nadie.

Él había pasado por España para dejar al niño (nuestro hijo felino) en casa de mis padres para los próximos meses y volaría de Madrid a Bogotá, haciendo escala en Panamá.

Yo, por mi parte, había decidido concluir mi ruta mexicana en la ciudad de Campeche porque encontré un vuelo con escala en Ciudad de México a muy buen precio. La compañía que lo operaba era Interjet y, aunque nunca había volado con ellos (cuando tuve que coger aviones en México siempre me había decantado por Aeroméxico), vi que tenían buenas referencias en la web.

Ya estaba todo organizado. Nada podía salir mal. ¿o sí?

Realidad

No pain, no gain, o eso dicen. Así que no todo podía ser tan sencillo.

En un post anterior ya os comenté que los chicos de la recepción de mi alojamiento en Campeche me habían sido de gran ayuda cuando me surgió un gran imprevisto. Pues os cuento: dos días antes del vuelo que tenía programado con Interjet, recibo un E-Mail de la compañía avisándome de la cancelación inmediata de la ruta Campeche-Ciudad de México. Por lo visto me habían reubicado en un vuelo con salida desde Ciudad del Carmen. Busqué el nuevo aeropuerto de salida en googlemaps y estaba a ¡3 horas de Campeche!

Era una buena faena, pero ¿qué se le iba a hacer? Me fui directa a la recepción para intentar averiguar la manera más rápida y sencilla de llegar hasta allí.

La cara del recepcionista me inquietó. En lugar de contestarme directamente, me preguntó con los ojos como platos por qué quería ir allí. Le conté lo que había ocurrido con mi cambio de vuelos y me dijo que ni se me ocurriera ir. (¿Perdón?)

Me explicó que era una de las ciudades más peligrosas de todo México en aquel momento y que no era nada recomendable ir por allí. Yo, ingenua de mí, le dije que si únicamente iba en autobús hasta allí y de la estación cogía un taxi al aeropuerto no debería tener problemas. Su cara me lo dijo todo.

Aun así, por si no me había metido ya suficiente miedo en el cuerpo, me contó un sinfín de anécdotas de robos y secuestros exprés ocurridas a familiares y conocidos suyos por atreverse a ir hasta allí. (¡Uf! ¿En serio?)

Encima, mi vuelo salía muy temprano y aun cogiendo el primer bus de la mañana no llegaría a tiempo. En otras circunstancias hubiera pegado una cabezada en el aeropuerto y ¡listo! Pero en un lugar que me estaban pintando tan peligroso, no me apetecía demasiado.

Me puse a buscar otras alternativas de vuelo, incluso con otras compañías. Pero a dos días de la fecha de salida no había nada por menos de un riñón y medio. Indagando en la red, vi que había muchas quejas contra la aerolínea Interjet.

Por lo visto, habían dejado de operar a muchos de sus destinos desde hacía alrededor de un mes. Y entonces, ¿por qué me avisaban de este cambio de mier__ con tan solo dos días de antelación? Porque si al cliente no le convencía la alternativa que le ofreciesen, este tenía derecho a cancelación y reembolso y no querían darle la oportunidad de buscar un mejor vuelo con otra aerlínea.

¡Qué hijos de __! Digo… ¡qué canallas! (vamos a dejarlo ahí)

Tampoco podía buscarme la vida para llegar por tierra hasta Ciudad de México y allí coger el vuelo a Bogotá, porque, como muy “amablemente” un teleoperador de Interjet en una de mis muchas llamadas (a cada cual más cabreada) me informó: “si no me presentaba en Ciudad del Carmen para coger el primer vuelo, me cancelaban automáticamente el segundo”

Sí, señor. ¡Todo eran facilidades con esta compañía! (léase con sarcasmo, mucho sarcasmo)

En fin. Tenía que llegar a Bogotá como fuera para reunirme con Daniel. Y por lo que estaba viendo, la única opción era meterme en la boca del lobo e ir a Ciudad del Carmen.

El recepcionista me dio la idea de irme un día antes de lo planeado para llegar a una hora prudencial a la ciudad (hay que evitar moverse de noche por ciertas zonas con altos índices de delincuencia) y buscar un hotel seguro donde pasar la noche.

Lo de hotel seguro me dio miedito, así que pregunté. Me dijo que allí no podía fiarme de alojamientos muy baratos o de particulares que no conociera. O sea que, encima no me iba a salir barata la broma.

Uno de los chicos de la recepción me ayudó a reservar un billete de bus a Ciudad del Carmen y un buen hotel cerca del aeropuerto y me dio muchos consejos para coger un taxi seguro (la palabra más repetida en toda la conversación) para llegar de la estación a mi hotel.

Además, para darle aun más emoción (de nuevo el bendito sarcasmo), acababa de dar prácticamente toda mi ropa a lavar y no estaba claro que la señora que se encargaba de la colada la fuera a tener toda lista antes de marcharme (recordad que tuve que adelantar mi partida un día).

¡Genial! Me iba de viaje al infierno y lo mismo hasta sin ropa. Si llegaba a reencontrarme con Daniel, iba a flipar cuando me viera aparecer casi sin equipaje.

El chico llamó por teléfono a la lavandera para que le diera la máxima prioridad a mis prendas. En el peor de los casos, me la tendría que llevar mojada. Tampoco era para tanto… (este post está, necesariamente, lleno de sarcasmo).

El día había llegado. Tenía la ropa seca (o casi) ya en la mochila, el billete de bus, la reserva del hotel y muchos nervios. Me despedí del recepcionista que tanto me había ayudado y me deseó suerte. ¡Uf!

Quise ir bastante pendiente de mis pertenencias durante el viaje en autobús, pero soy incapaz de mantenerme despierta durante más de media hora en cualquier tipo de transporte. Normalmente lo considero un don, pero en este caso me daba bastante reparo. El bus iba haciendo paradas y el recepcionista me había advertido que los hurtos eran bastante frecuentes en ese trayecto.

Siempre llevo una cadena de las de atar las bicis conmigo para estos casos. Cuando creo que el equipaje de mano puede correr peligro y sé que terminaré pegando una cabezada, me ato la mochila al cinturón o a los cordones de la zapatilla.

Normalmente los ladrones ni se entretienen en abrirte la bolsa para llevarse la cartera o cualquier otra cosa de valor. Lo más habitual es que se lleven el equipaje completo en un descuido y si lo tienes bien amarrado se complica la cosa. Si ya se trata de un robo con violencia… Ahí sí, ¡que se lleven lo que quieran! Poco más se puede hacer.

Llegué a Ciudad del Carmen de una pieza y sin tener que lamentar pérdidas materiales. Ahora llegaba la parte más difícil: coger un taxi seguro hasta el hotel. Para eso tenía que ir a una parada oficial de taxis y para ello no quedaba otra que preguntar a alguien que me diera buena espina (jajaja… ¡esta sí que era buena!).

Tenía que ser rápida y discreta. Sabía que en cuanto comenzara a preguntar a más de una persona iba a llamar demasiado la atención. En una ciudad sin apenas turismo debido a la delincuencia, una gringa como yo era como un caramelito a la puerta de un colegio.

La mochila grande a la espalda, la mochila pequeña por delante y mil ojos para todas partes. Según salía de la estación me fijé en una abuelita de aspecto entrañable y le pregunté por la parada de taxis. Me acompañó hasta ella y, por un breve instante, pude disfrutar de una agradable sensación de seguridad. ¿Qué tendrán las ancianitas que tanta confianza inspiran? (No me imaginaba a la buena mujer con una pistola, pero a saber…)

Había un par de personas haciendo cola y esperé mi turno, nerviosa. Cuando por fin me tocaba, llegó el taxi más desvencijado que había visto en mucho tiempo. Tenía menos pinta de taxi seguro que yo de mexicana. El taxista metió la mochila grande en el maletero. Yo hice una foto de la matrícula y se la mandé al recepcionista que, preocupado, me prometió que estaría pendiente de mí hasta que le dijera que había llegado sana y salva al hotel.

Una vez montada en el taxi y sin soltar mi mochila pequeña, donde llevaba las cosas de más valor (cámara, portátil, pasaporte, dinero…), le indiqué el destino al conductor. Por recomendación de mi amigo el recepcionista, me dispuse a echar el seguro a las puertas.

Justo en ese momento, una señora abrió la puerta, me empujó hacia la otra punta del asiento y se metió allí conmigo.

¡Ya está! Ahora es cuando me roban, secuestran, matan… De todo se me pasó por la cabeza. La señora se puso a hablar con el taxista. Se conocían. ¿Lo tenían preparado? ¡Madre mía!

Poco después, muy repentinamente, la mujer le pidió al conductor que parase. Si no se daban prisa me acabaría matando un infarto antes que ellos.

La señora se bajó del destartalado coche, se despidió del hombre y de mí y se fue. Así, sin más.

El taxi reanudo la marcha y no volvió a detenerse hasta llegar a la puerta de mi hotel. Le pagué el precio acordado (creo que no llegó a dos euros) y me ayudó a llegar con mi equipaje hasta la puerta.

En la entrada del hotel me recibió el personal de seguridad. Me sentí realmente aliviada. Hice el check in, pedí que me consiguieran un taxi seguro (sí, por favor, seguro) para el aeropuerto a la mañana siguiente y me recluí en mi habitación a descansar.

Escribí al recepcionista para ya dejarle tranquilo y por fin, tras un duro día, pude relajarme. Todo había salido bien, pero los nervios me habían dejado agotada. Me duché, vi un rato la tele y me dormí enseguida.

Para no aburriros (no suelo hacer entradas con tantísimo texto), al día siguiente todo ocurrió sin mayores complicaciones. Tras dos vuelos, Daniel ya estaba esperándome en la zona de recogida de equipajes del aeropuerto El Dorado de Bogotá. (¡Bien!)

Ya juntos, cogimos un último vuelo a Santa Marta, en la costa caribeña, donde, ahora sí, empezaba nuestra aventura juntos. El resto… ¡os lo cuento en próximos Posts!

Dejar una contestacion

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *