Una mañana en Anuradhapura, una tarde en Mihintale

La idea era madrugar mucho para evitar las horas de más calor. La realidad fue que, tras el agotador primer día de ayer, nos costó bastante salir de la cama (incluso más que de costumbre). Nos preparamos a la carrera (como siempre, vamos), nos despedimos de nuestra mascota improvisada (en el anterior post me olvidé de mencionar una ranita muy maja que nos encontramos en el baño) y devolvimos la llave de nuestra habitación ya dispuestos a empezar otro “duro” día de visitas.

Aunque aún era temprano, ya hacía un calor impresionante (un aviso de lo que nos esperaba según avanzara el día).

Anuradhapura, la antigua capital

Hoy empezaríamos la jornada visitando Anuradhapura, la que fue capital del reino durante más de un milenio. Era una de las ciudades más importantes de su época. Había docenas de monasterios y en ella llegaron a convivir hasta 10.000 monjes. Algunas de sus dagobas eran tan impresionantes, que sólo eran superadas en altura por las Pirámides de Giza. En las excavaciones realizadas se han encontrado numerosas monedas romanas, lo que demuestra que hubo intercambios comerciales entre este imperio y el reino de Anuradhapura. La ciudad fue abandonada en el año 993 d. C., tras la llegada de invasores procedentes de La India y cayó en el olvido hasta que, en el siglo XIX, los británicos la “redescubrieron”. Desde el año 1982 sus ruinas están consideradas como Patrimonio de la Humanidad por la Unesco.

Nos dirigimos en primer lugar al Isurumuniya Vihara. Se trata de un templo budista construido durante el mandato del rey Devanampiya Tissa, en el siglo III a.C., cuando Anuradhapura aún era la capital del reino. Desembolsamos 200 rupias por persona y entramos a lo que en Sri Lanka llaman un “rock temple”.

Creo que viendo las fotos, no hacen falta más explicaciones. Hay muchos de estos templos distribuidos por todo el país. En su construcción se aprovecharon e integraron colinas y/o paredes rocosas dentro del propio templo, ya sea en forma de cuevas o mediante escaleras infinitas, formando un tándem arquitectura-naturaleza de lo más interesante.

Tuvimos suerte en la subida, ya que ascendimos justo en el momento en que un gigantesco grupo de escolares abandonaba el montículo. Las vistas de la estupa desde arriba son bastante bonitas. En algunas grietas de la roca hay colonias de ruidosos murciélagos. El olor a guano es bastante fuerte, un olor intensificado por el intenso calor y la altísima humedad.

En la parte baja de la roca, al borde justo del estanque hay unos preciosos bajorrelieves de unos elefantes chapoteado y jugando en el agua.

Lo más destacable dentro del templo en si, son algunos relieves famosos que tienen expuestos y un buda reclinado, cuyos ojos parecen abiertos o cerrados, según el punto desde el que se observe.

Volvimos al tuk tuk y nos dirigimos al siguiente punto en nuestra ruta.

Hicimos una parada en el Sri Maha Bodhiya. Se trata de un árbol… Sí, un árbol. Pero no uno cualquiera. Es una higuera enorme (también llamada árbol de Bo), descendiente directa de la higuera bajo la cual Siddharta Gautama (Buda) alcanzó la iluminación. Se dice que un esqueje del árbol original fue traído a la isla por Sangamitta Theri, la hija del Emperador Asoka. Fue plantada en Anuradhapura por el Rey Devanampiya Tissa en el año 288 a. C., con lo que se trata del árbol plantado por el ser humano más viejo del mundo. Hoy en día es una de las reliquias más importantes para los budistas de todo el mundo. Para los budistas de la isla es tradición hacer una peregrinación anual hasta esta higuera sagrada, por lo que siempre encontraréis peregrinos rezando y entregando sus ofrendas alrededor de la higuera. Estuve tan abstraída, observando su ir y venir, que no hice ni una sóla foto. Gran fallo.

Continuamos caminando hasta la gigantesca dagoba Ruwanveliseya. Recorremos un camino bordeado de árboles llenos de monos.

Cada pocos metros nos encontramos con alguna fuente con agua bien fresquita, donde todos paramos a refrescarnos (humanos y monos). El calor comienza a ser sofocante. Por suerte las vistas de la inconfundible y majestuosa “campana” blanca nos animan a seguir adelante.

Algo que no he mencionado hasta ahora y que considero muy importante es el echo de que para visitar cualquier lugar sagrado hay que descalzarse. En el triángulo cultural de Sri Lanka (Anuradhapura, Polonnaruwa, Sigiriya y lugares adyacentes) estamos hablando de casi el 100% de las visitas. A primera hora de la mañana, ésto no supone ningún problema más allá de que acabaréis con los pies negros. Pero a partir de las horas centrales del día el suelo quema de lo lindo. En serio, yo me achicharré las plantas de los pies, con sus ampollas y todo. Nada recomendable. No os dejéis engañar por los lugareños, que hasta serían capaces de caminar relajadamente sobre ascuas incandescentes. Están hechos de otra pasta. Lo que os recomiendo (y lo que hice yo a partir del día siguiente): llevad unos calcetines que no os importe tirar a la basura después del viaje. Si los usáis tanto como nosotros, no habrá lavado que les devuelva su color original.

Volviendo al tema central : llegamos a la entrada de la dagoba, nos descalzamos y recorrimos todo el recinto medio de puntillas y buscando cualquier sombra, por mínima que fuera.

Sus dimensiones impresionan a medida que te aproximas a ella.

Toda la pared que rodea el recinto está decorada con elefantes que la hacen aún más fotogénica si cabe.

En uno de los edificios nos encontramos con un bonito buda reclinado.

Salimos de allí muy satisfechos y con los pies abrasados. Nos sentamos a la sombra de unos árboles a descansar y reponernos un poco de la sudada que nos estábamos pegando. Éste es sin duda es el viaje en el que más calor hemos pasado. Además la humedad es tan alta que la sensación de bochorno es aplastante.

Al lado se nos sentó un Sri Lankés muy majo, que venía de peregrinaje y, como nosotros, necesitaba un merecido descanso. Era budista y nos estuvo explicando un poco acerca de los principios básicos de su religión. Noté como mi chico empezaba a aburrirse. Al poco se levantó y se disculpó ante nuestro nuevo amigo y dijo que tenía que ir a buscar donde comprar algo de agua. La excusa era buena, no habíamos bebido nada desde que dejáramos el hotel y con aquel calor debíamos de estar al borde de la deshidratación.

Yo me quedé un buen rato charlando con aquel señor tan agradable. Para mí éste fue uno de los mejores momentos de todo el viaje. Tengo que reconocer que siempre me he sentido muy afín al budismo. Aunque soy católica, no me considero creyente en absoluto. En general, no soy muy amiga de la religión, sea cual sea. Sí me interesan sus tradiciones, su historia, arquitectura, etc., pero siempre como simple observadora. Sin embargo, siempre he visto en el budismo, más que una religión, una filosofía de vida. El budismo dice, básicamente, que el sufrimiento forma irremediablemente parte de la vida, pero que, si nos deshacemos de apegos, expectativas innecesarias, pensamientos negativos, etc., podemos liberarnos en gran medida del sufrimiento y ser felices. Somos seres cambiantes en un entorno cambiante, por lo que no sirve de nada vivir en el pasado o centrarse demasiado en el futuro. Somos un aquí y ahora.

Pero como aquí no trato de convencer a nadie, dejaré los temas existenciales de lado y continuaré con el relato del día: Tras bebernos una botella grande de agua casi del tirón y con otra bien fría bajo el brazo, volvimos adonde habíamos dejado aparcado el tuk tuk. Ya con él, llegamos hasta la estupa Jethawana.

Habíamos oído hablar de un ticket, que se supone hay que adquirir para visitar la ciudad antigua, pero hasta el momento ni habíamos visto dónde comprarlo ni nadie nos lo había pedido. Fue aquí que cometimos el “error” de entrar al museo adyacente a la dagoba. Aquí nos pidieron el dichoso ticket y no nos quedó otra que comprarlo. Para los precios que se manejan en la isla (hoteles, comidas, etc.), las entradas a los sitios de interés turístico son carísimas. La bromita nos costó 25 dólares por persona, ¡casi nadaǃ Además algunas visitas no están incluidas (por ejemplo el Isurumuniya Vihara).

Caminamos por los jardines hasta llegar hasta casi la base de esta gigantesca estructura de 75 metros de altura.

Y ahí nos quedamos. Nuestros doloridos pies no nos permitieron entrar a la zona en la que el suelo volvía a ser de piedra (o del mismísimo material del que está hecho el sol, no lo tengo claro). Nos quedamos con una bonita panorámica y continuamos con nuestro “cacharro” hasta los estanques gemelos.

Tras un par de Fotos, continuamos hasta la estatua de Samadhi Buddha. El último tramo hay que hacerlo a pie. Hay muchos puestos donde comprar comida, agua y souvenirs. A la ida hicimos una parada para comprar una mini-sandía, que nos revivió por completo. A la vuelta cayó algún que otro recuerdo (para la familia y también para nosotros). Había unas tallas en madera preciosas, a las que resultaba difícil resistirse.

Para visitar el Samadhi Buddha nos volvieron a pedir el ticket. Se trata de un buda en posición de meditación.

Data del siglo IV a. C. y se dice que por aquel entonces estaba ricamente pintado y tenía piedras preciosas por ojos. Hoy sólo queda la piedra desnuda. Como señal de respeto, está prohibido hacerse fotos dándole la espalda a Buda. Ésto es aplicable a todo el país. Siempre podréis hacer fotos de la estatua sóla o, si queréis posar delante, que sea de lado.

Hicimos una parada corta en la dagoba Abhayagiriya.

Empezábamos a acusar el calor, el cansancio y el “empacho” de ruinas, con lo que la visita a la dagoba Thuparamaya (muy bonita y diferente, por cierto) se redujo a unas cuantas fotos.

Tras dar por finalizada la visita a la antigua capital de Anuradhapura, nos disponíamos a visitar Mihintale, a unos 15 kilómetros de distancia, o lo que equivale a una media hora a bordo de nuestro cacharro.

Subida a Mihintale

Mihintale es un pico montañoso en el que, según la creencia popular, tuvo lugar la reunión entre el monje budista Mahinda y el rey Devanampiya Tissa. Este momento está considerado como el comienzo del budismo en Sri Lanka. Ahora se trata de un lugar de peregrinación muy popular.

Aparcamos en un parking que está algo más arriba que el aparcamiento principal, y por consiguiente, más cerca de la cima, nuestro objetivo. De esta manera nos ahorramos un buen tramo de escaleras y tan sólo nos dejamos por ver algunas ruinas que hay por el camino. Andábamos justos de tiempo y no queríamos perdernos el atardecer desde lo alto.

Pagamos las 500 rupias por persona que cuesta la entrada y empezamos el ascenso. No sé si fue por el tramo que nos ahorramos, pero la subida no nos pareció tan cansada como nos habían dicho. Eso, o que quizás íbamos muy mentalizados para un gran esfuerzo, que al final no lo fue tanto. El calor seguía siendo agobiante y, por supuesto, la mayor parte del camino se hace descalzo (por roca y tierra).

Una vez arriba, nos encontramos con una gran explanada.

Al frente, una bonita estupa rodeada de palmeras, y al fondo, la Roca de la Invitacion, desde donde, dice la tradición, se comenzó a predicar el budismo en Sri Lanka. A nuestra derecha hay un montículo con una enorme dagoba en lo alto y a nuestra izquierda otro corto tramo de escaleras que llevan a un gran buda sentado.

Decidimos subir al lugar más original de todos, la gran roca. Las escaleras (por llamarlas de alguna manera) están excavadas directamente en la roca y son muy irregulares. En la estabilidad de la maltrecha barandilla yo no confiaría demasiado.

Pero lo que de verdad nos complicó la subida hasta niveles insospechados, fue la marabunta que allí había montada. Junta unas escaleras empinadas y estrechísimas, recovecos imposibles, un grupo enorme de escolares y otro de monjes de excursión, y ¡ya tienes la receta perfecta para el más absoluto caos! Eso sí, la diversión también está asegurada. Lo que en un principio no debería habernos llevado más de diez o quince minutos, nos tomó ¡más de una hora! Las vistas, una vez llegas a la cima, son de las que quitan el hipo. Las fotos hablan por sí solas.

Cuando por fín llegamos de nuevo a la base, tras pasar el mismo atasco humano que a la subida, ya empezaba a oscurecer y a lo lejos se oían los amenazantes truenos de una tormenta. Decidimos no explorar más la zona y bajar cuanto antes al tuk tuk. No queríamos que la lluvia nos pillara aún bajando escaleras (y descalzos), y aún teníamos que conducir unos 60 kilómetros hasta nuestro siguiente alojamiento en Habarana.

Al poco de estar en carretera, empezó a caer una tromba de agua impresionante. Cerramos las cortinas del tuk tuk y salvo un par de minúsculas goteras y algo de agua que nos entraba por los pies, el cacharro nos guareció mucho mejor de lo esperado.

Llegamos a nuestro alojamiento en Habarana, donde estableceríamos nuestro base para los próximos días. Habarana está idealmente situada a poca distancia de varios lugares de interés (Sigiriya, el Parque Nacional de Minneriya y Polonnaruwa, por poner algunos ejemplos).

Nos alojamos en el Benetha Vella Resort. Es un lugar muy nuevo y limpio. Las habitaciones son sencillas, pero cómodas. Nosotros teníamos la más básica (y a la vez la más barata) sin aire acondicionado ni agua caliente. La ducha fría casi se agradecía y un ventilador nos mantuvo bastante fresquitos por la noche. Lo recomendaría sin dudar para un presupuesto bajo (alrededor de 15 euros la noche por una habitación doble). Además el dueño del lugar, Neville, es un cocinero excepcional. Aquí fue el lugar en que mejor comimos de todo el viaje. Dejaos aconsejar por el y pedid diferentes cosas para probar. Además el precio es inmejorable: por dos o tres platos para compartir, zumos y coca-colas o agua, nunca pagamos más de diez o doce euros.

Se puede reservar a través de booking.com, pero os dejo la dirección y los datos de contacto.

Benetha Vella Resort
Dirección : Dambulla Road Hiriwadunna Habarana, Habarana, 21110, Sri Lanka
Télefono: +94 66 2 270479

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