Mi experiencia en un campamento tortuguero

Llevaba años queriendo participar como voluntaria en uno de estos campamentos, pero entre unas cosas y otras, al final nunca encontraba el momento oportuno. Por fin, este año, tan lleno de nuevas experiencias, se iba a materializar el sueño (uno más).

De las siete especies de tortugas marinas que existen en el mundo (golfina, laúd, verde, plana, lora, boba y carey), todas ellas están amenazadas, con dos de ellas en peligro crítico de extinción (la laúd y la carey). Su principal amenaza es el ser humano, como siempre. La pesca con redes, en las que se enredan hasta ahogarse (no hay que olvidar que son animales que necesitan salir a superficie para respirar), las bolsas de plástico que acaban flotando en el mar, y que se confunden fácilmente con medusas, su alimento preferido, el robo de nidos para la posterior venta de huevos en el mercado negro…. Si no hacemos algo al respecto pronto, puede que sea demasiado tarde.

El proyecto

Encontré este voluntariado a través de la organización mexicana Vive México, con sede en Morelia, Michoacán. Los voluntarios extranjeros deben apuntarse al proyecto a través de una organización de su país de origen. Para conocer un listado de las organizaciones asociadas de vuestro país, no dudéis en contactar con ellos vía E-Mail. Siempre contestan muy rápido.

Suelen tener proyectos con tortugas marinas aproximadamente desde julio hasta enero, coincidiendo con la época de anidación de las mismas. Además, realizan otro tipo de proyectos para los que buscan voluntarios, así que os recomiendo que busquéis en su web el que más os interese.

Se paga una tasa, que varía en función del proyecto y la fecha, que cubre el alojamiento y tres comidas al día. Para este proyecto, nos alojaron en el Hotel Peñamar, en Rincón de Guayabitos, en la Riviera Nayarit mexicana. Se trata de un hotel sencillo, acogedor y familiar. La habitación tenía baño privado, aire acondicionado y el hotel contaba con piscina. La única pega que le encontré fue el WiFi, el cual sólo funcionó el primer día. Os dejo una foto del que ha sido mi hogar durante dos intensas semanas.

Y en las siguientes foto os enseño la playa en la que pasamos la mayor parte de nuestro tiempo, trabajando claro.

Normalmente el tamaño del grupo ronda los veinte voluntarios, que cooperan mano a mano con los biólogos locales. En las fechas en las que yo participé, nos juntamos tan sólo cuatro voluntarios, tres chicos de diferentes zonas de México y yo. Lo que en un principio me decepcionó un poco (esperaba un grupo más grande e internacional), también tuvo sus ventajas. Al ser la única chica del grupo, me dieron una habitación para mí solita, por lo que estuve como una reina.

El trabajo

Nuestro trabajo consistía en diferentes tareas. En primer lugar, hay que patrullar la playa de noche, cuando las tortugas llegan a desovar (especialmente en la fase menguante del ciclo lunar). Las más comunes en esta zona son las golfinas, y de hecho, fueron las únicas que pudimos ver.

Se trata de encontrar los rastros característicos dejados por la mamá tortuga en la arena. Siembre debe haber dos, uno de salida del mar, y otro de vuelta. Si sólo encontramos uno de ellos, puede deberse a dos motivos: o la tortuga aún está desovando y la encontraremos al final del rastro, o la tortuga ha sido “secuestrada”. Por desgracia, y aunque constituye un delito federal en México, el consumo de carne de tortuga está aún bastante extendido en esta zona.

Cuando la mamá tortuga está eligiendo el lugar donde hará el nido, es muy importante no molestarla (con una linterna o hablando en voz alta, por ejemplo), ya que, si se siente incómoda, podría desistir en el intento y volverse al mar. Cuando esto ocurre, es habitual que la tortuga realice un segundo intento por la zona unas horas después.

Una vez la tortuga da con el enclave ideal, excava un hoyo de aproximadamente 40 centímetros de profundidad, donde pondrá los huevos.

Tras cubrirlo todo de nuevo, se deja caer con todo su peso sobre el recién tapado agujero para compactar, en la medida de lo posible, la arena. Cuando hacen esto, los fuertes golpes, hacen que vibre hasta el suelo. Es impresionante seguir de cerca todo el proceso, que suele durar entre 30 y 40 minutos.

Una curiosidad es que la tortuga “llora”. Ésta es la manera en la que se deshacen del exceso de sal de su organismo, pero la leyenda dice que llora por la tristeza de dejar a sus bebés en la playa y tener que volver al mar.

Una vez la tortuga había terminado de anidar, es decir, una vez puestos los huevos (hasta 140 en una sola puesta), cubierto el nido y había regresado sana y salva al mar, llegaba nuestro turno para localizar los huevos. Con la ayuda de un palo, tanteábamos la arena de la zona, hasta dar con el “agujero”, donde la arena está menos compactada, por lo que el palo se hunde con mayor facilidad. Es un proceso que hay que realizar con sumo cuidado, ya que, si empleamos demasiada fuerza, podríamos romper algunos de los huevos.

Una vez localizado el nido, se excava para extraer los huevos y llevarlos a un lugar seguro (un vivero o incluso cajas de arena, según el campamento y la época).

Además de mapaches y gatos, hay gente que se dedica a robar los huevos de los nidos para, a pesar de estar prohibido, venderlos. Además, las máquinas de limpieza de la playa, tan necesarias en una zona tan turística, compactan la arena de tal manera, que las tortuguitas, tras salir del huevo, no son capaces de emerger a la superficie, muriendo en el propio nido. Por eso, es tan necesaria nuestra labor.

Es una auténtica pena tener que intervenir en un proceso natural, que ha funcionado perfectamente durante tantos millones de años. Las tortugas, junto con los tiburones y con sus parientes más cercanos, los cocodrilos, son los únicos animales que convivieron con los dinosaurios y han perdurado hasta nuestros días. Parece mentira que, un animal que ha sobrevivido a tantos avatares, esté, en algunos casos, al borde de la extinción, por nuestra culpa.

Como ya os conté en un post anterior, el proyecto comenzaba exactamente el día de mi cumpleaños. Esa misma noche realizamos la primera patrulla y tuvimos una enorme suerte. Vimos una tortuga anidar y encontramos varios nidos, incluido alguno que ya había sido saqueado por los furtivos. ¡Menudo regalazo! Eso sí, nos lo habíamos ganado tras patearnos la playa de arriba abajo bajo una incesante lluvia. Está claro que las tortugas no entienden de meteorología. Total, ¡ya están mojadas!

Los huevos rescatados se “siembran” en un vivero o en una caja. Llamar a este proceso “sembrar”, le viene como anillo al dedo, ya que no es muy diferente a lo que haríamos para plantar una semilla. Sobre una capa de arena de la propia playa, se colocan los huevos, se cubren con más arena, se “siembran” más huevos, se vuelven a cubrir de arena, y así, hasta completar el nido.

Después de aproximadamente 45 días a la temperatura adecuada, nacerán las tortuguitas y se procederá a su liberación.

La liberación debe realizarse el mismo día en que eclosionan los huevos y nacen las crías. En esas primeras horas de vida, los animalitos entran en un estado llamado “frenesí natatorio”, en el que comienzan a aletear con todas sus fuerzas.

Ese movimiento es necesario para que puedan avanzar por la arena hasta el mar y para nadar lo más rápidamente posible hacia zonas más profundas, donde serán menos vulnerables a los ataques de las gaviotas.

Las tortuguitas, al igual que las aves, reciben la energía necesaria durante esas primeras horas de vida del vitelo. Esta reserva de energía les permite llegar al mar para, una vez allí, comenzar a alimentarse por sí mismas. Si no es liberada en las primeras 24 horas de nacer, la tortuguita se queda sin energía y acaba extenuada, por lo que su supervivencia se verá seriamente comprometida.

Para liberarlas no basta con colocarlas directamente en el agua. Es necesario colocarlas a unos dos o tres metros de distancia del agua y ellas deben llegar por sí mismas hasta el mar.

Durante este corto trayecto, las crías de tortuga, captan el olor y sabor de la playa (proceso conocido como “imprenta”), lo que permitirá a las hembras regresar a desovar exactamente a la misma playa, tras alcanzar la edad de reproducción (15 años). Hay que destacar que, tan sólo el 1% de las tortugas liberadas alcanzarán la madurez sexual.

Las tortugas regresarán a la playa donde tocaron por primera vez el mar. Antes se pensaba que regresaban a la playa donde la madre había depositado los huevos, pero se ha comprobado que, si recogemos un nido en una playa y se liberan a las crías en otra, éstas volverán a la playa donde fueron liberadas.

No se puede conocer el sexo de las tortuguitas recién nacidas, ya que sus órganos sexuales son internos. Cuando son adultas, son fácilmente diferenciables mediante el tamaño de su cola. Mientras las hembras tienen una cola muy pequeña, la de los machos es de un tamaño muy superior.

Hay que evitar tocarse la boca o los ojos y lavarse bien las manos tras el contacto con las tortuguitas, ya que éstas son portadoras de la bacteria que causa la salmonelosis. Las pequeñas tortugas son inmunes a esta bacteria, no así los humanos.

Como habréis podido ver, se trata de un proyecto de lo más bonito. Además de aprender un montón sobre las tortugas marinas en particular y sobre la naturaleza en general, es una experiencia muy especial. Yo, repetiría sin dudarlo ni un segundo, así que no puedo dejar de recomendároslo. Tenéis que vivirlo en persona para entender completamente de lo que os hablo.

Excursiones

Además, no todo es trabajo en un campamento tortuguero. En nuestro tiempo libre, los voluntarios pudimos realizar algunas visitas por la zona.

Cocodrilario

La misma organización que organizaba el proyecto de las tortugas, posee un cocodrilario. A él llegan animales rescatados de una muerte segura, tras ser encontrados por sorpresa en casas, ríos, etc. La convivencia con la gente de la zona no es nada fácil y, aunque están protegidos, son a menudo apaleados y matados cuando se acercan demasiado a los poblados.

En varios estanques pudimos ver cocodrilos de diferentes edades y tamaños.

Se trata de una especie autóctona que puede alcanzar los seis o siete metros de longitud.

Durante nuestras patrullas en la playa, cruzábamos a menudo la desembocadura de un riachuelo, donde de vez en cuando pudimos ver los brillantes ojos de algún cocodrilo en la oscuridad. Así que puedo corroborar que hay bastantes por la zona.

Playas de Los Ayala y El Naranjo

Por supuesto, también visitamos algunas playas de la zona durante el día. ¡No todo iba a ser patrullar por las noches!

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