Las Coloradas

Una visita a Las Coloradas es una bonita excursión que podéis realizar en esta zona de la Península del Yucatán. En los últimos años se ha hecho más y más popular, en parte gracias a fotos posteadas en redes sociales como Instagram.

En realidad, tan original y colorido paisaje poco tiene de natural. Se trata de visitar unas salinas con diferentes grados de salinidad según el nivel de evaporación y en las que viven diferentes tipos de algas y microorganismos lo que, en algunos casos, provoca que el agua se torne de un llamativo color rojizo.

Si en los días anteriores ha llovido, ni os molestéis en visitarlas, ya que no podréis apreciar las coloradas pozas que seguramente andáis buscando. Aún visitándolas en un momento óptimo, tras varios días de tiempo seco y soleado, descubriréis que sólo algunas de las charcas muestran esta tonalidad rojiza, ya que no todas están en el mismo punto de evaporación ni contienen la misma cantidad y tipo de microorganismos. Pero no os desaniméis, las vistas de esas pocas que sí son coloradas y todo lo demás que esta maravillosa zona tiene que ofrecer, harán que la visita merezca la pena.

Se puede visitar Las Coloradas muy fácilmente desde Mérida en una cómoda excursión de día completo. Si sois de los que prefiere que se lo den todo hecho, en cualquier agencia podréis reservar uno de los muchos tours diarios que parten hacia este lugar. Si preferís montároslo por vuestra cuenta tampoco es resultará para nada difícil.

Para ir a Las Coloradas sin agencias de por medio, tendréis que coger un bus que os lleve hasta Tizimín. De hecho, Tizimín está también bastante cerca de Valladolid, así esta misma excursión podría realizarse con diferentes puntos de partida, según donde os encontréis. El bus desde Mérida cuesta 305 pesos y sale desde la Terminal del Noreste, en la esquina entre las calles 50 y 67 (recordad que en Mérida hay tres terminales de autobuses diferentes). Hay tan sólo unos pocos buses al día que hagan este recorrido, así que os recomiendo que os informéis el día anterior de los horarios exactos (también para la vuelta).

Una vez en Tizimín, nada más salir de la terminal de autobuses, justo enfrente de la puerta, hay taxis colectivos (salen cuando se llenan), que por 120 pesos por persona os acercarán directamente a Las Coloradas en poco más de una hora.

Si se lo pedís al taxista, este os dejará un poco antes de la entrada del pueblo, donde unos chicos organizan tours en moto por la zona por alrededor de 250 pesos (poco más de 10 euros). Os recomiendo que os pongáis bien de crema para el sol, ya que en la moto pega de lo lindo, y que no os olvidéis las gafas de sol para proteger los ojos, además de del sol, del polvo y la arena del camino.

Pasamos por delante de las lagunas de agua colorada, pero en ese momento estaban repletas de turistas haciendo fotos que habían llegado en varios buses. Decidimos pasar de largo. Ya volveríamos más tarde, cuando no hubiera tanta gente.

Nuestra primera parada fue en una zona, no menos bonita, pero sí mucho menos famosa y transitada. De hecho ¡no había nadie aparte del chico de la moto y yo! El paisaje era realmente increíble.

Allí pude ver un ejemplar de cangrejo cacerola, un extrañísimo animal prehistórico que ha conseguido sobrevivir hasta nuestros días. Sin Embargo, su supervivencia en el futuro está en peligro debido, en gran parte, a las valiosas propiedades de su sangre (por cierto, de color azul) y que no han pasado desapercibidas para la industria farmacéutica, entre otras. El chico de la moto sólo tuvo que echar un corto vistazo en el fango circundante para, fácil y rápidamente, encontrar uno que poder mostrarme.

Continuamos nuestro recorrido en moto por caminos rodeados de lagunas y pozas de diferentes colores y tonalidades.

A lo lejos, en algunas zonas, pude divisar algunos grupos de elegantes flamencos. ¡Ni qué hiciera falta añadir más color a la escena!

Llegamos a una zona llena de pequeñas charcas en las que abundan una especie de diminutos pececillos. Si os atrevéis a meter los pies en ellas, os iréis de allí como si hubierais visitado al mejor de los podólogos, ya que a estos pececillos les encanta comerse las pieles muertas que forman callos y durezas. No duele en absoluto, pero sí produce una extraña sensación de cosquilleo que no resulta agradable para todo el mundo. Es muy similar al “fish spa” tan típico del sudeste asiático.

La siguiente parada fue en una laguna con una altísima salinidad. La sensación de flotabilidad dentro de sus aguas es similar a bañarse en el Mar Muerto. Yo lo intenté, pero mis piernas estaban llenas de heriditas (aunque sé que no debería rascar las picaduras de mosquito, el picor me puede) y el escozor debido a la sal era tan fuerte, que no fui capaz de meterme en el agua.

Desde allí nos dirigimos a una zona semi-anegada por el agua, donde uno se puede untar completamente en un barro rico en minerales que dejan la piel más suave y tersa.

Ya os habréis dado cuenta de que no suelo poner muchas fotos en las que salga yo, pero en este caso no me he podido resistir a enseñaros mi paso por el “salón de belleza”.

Para quitarme el barro y limpiar de nuevo la piel, me pegué un buen baño en una preciosa playa en la que no había ni un alma. El chico de la moto se quedó en el camino cuidando las cosas, así que estuve literalmente sola en aquella maravillosa playa. ¡Cómo disfruté de aquel remojón!

Y después de cambiarme de ropa para no continuar mojada el resto del día (como ya os he dicho no había NADIE, así que pude hacerlo en la misma playa sin problemas), nos dirigimos, ahora sí, a Las Coloradas.

Como ya os adelanté al principio del texto, sólo había un par de salinas de un intenso color rosado. Aún así las vistas son increíblemente fotogénicas.

Por los alrededores había además algunas lagunas de un llamativo color amarillo-anaranjado (por desgracia en las fotos no luce tanto como allí).

Éste fue, sin duda, un buen lugar para terminar la excursión. El chico de la moto me dejó en el pueblo, donde paran los taxis que hacen el recorrido hasta Tizimín. El taxi os dejará en el mismo sitio donde lo cogisteis a la ida, justo enfrente de la estación de autobuses. Ahí podréis coger un bus hasta vuestro destino, en mi caso la ciudad de Mérida, a donde volveréis con un montón de imágenes preciosas grabadas en vuestra memoria y en la de vuestra cámara, por supuesto.

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